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Los San, también conocidos como bosquimanos, son uno de los pueblos más antiguos de África, con una historia que se remonta decenas de miles de años. Aunque su presencia actual se concentra en el sur de África (Botswana, Namibia, Sudáfrica), todavía existen pequeños grupos en el sureste de Angola que conservan su modo de vida tradicional mientras resisten el paso del tiempo.

Contexto cultural

Los San son considerados los primeros habitantes de África meridional, y muchos estudios sugieren que su cultura se remonta a decenas de miles de años. Cazan con arcos y flechas que en ocasiones son envenenadas para debilitar lentamente a la presa.

Su lengua incluye sonidos de “clics” únicos, parte indispensable de su identidad lingüística y cultural, que intercalan entre el resto de palabras. Para nosotros escuchar estos “clics” resultaba de lo mas curioso, siendo casi imposible de imitar.

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Nuestra experiencia con los San

Pasar dos días con los San fue como abrir una ventana a un mundo que parecía detenido en el tiempo. Acampamos dentro de su poblado, rodeados de chozas sencillas hechas con troncos en su base y hierba seca como techo.

Con los San descubrimos que bailar rompe todas las barreras del idioma.

Al anochecer encendían un fuego con el que se calentaban y desde el que nos miraban sin saber muy bien qué hacer, hasta que en cierto momento, tres hombres comenzaron a bailar y acercarse cada vez más a nosotros. Nos invitaron a unirnos a su baile y, sin dudarlo, nos mezclamos en la rueda. Lo que empezó como un intento torpe de imitar sus pasos terminó en carcajadas compartidas cuando nos animamos a enseñarles bailes tan inesperados para ellos como la conga o la macarena. Ellos nos miraban entre sorprendidos y divertidos, pero sin duda todos lo pasamos espectacularmente bien.

Por la mañana nos invitaron a acompañarlos en la caza, y allí comprendimos la increíble conexión que los San tienen con su entorno. Con arcos y flechas, avanzaban casi sin ruido, atentos a cualquier huella en la arena o movimiento entre los arbustos. Ese día intentaron atrapar ardillas, unos roedores bastante grandes y aves, pero más allá del resultado, lo impresionante fue la paciencia, la técnica y el profundo respeto con el que se movían en la naturaleza.

NOTA: Los San pueden recorrer kilómetros siguiendo huellas casi invisibles en la arena. Para ellos, un rastro es como un libro abierto: saben si el animal está cansado, hambriento o cuánto hace que pasó por allí.

Uno de los momentos que más nos marcó fue observar cómo fabricaban sus puntas de flecha. En un rincón del poblado, tenían una especie de forja rudimentaria. Con trozos de hierro de origen incierto, los calentaban hasta ponerlos al rojo vivo y luego, con golpes repetidos, les iban dando forma de flecha. Ver cómo transformaban materiales reciclados en herramientas de supervivencia fue una auténtica lección de ingenio.

Compartir esos días con los San nos enseñó que la riqueza de un pueblo no se mide en posesiones materiales, sino en la fuerza de sus vínculos comunitarios, en su sabiduría sobre la tierra y en la capacidad de transmitir cultura a través de gestos tan cotidianos como bailar, cazar o fabricar un arma.

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