En nuestra ruta por Etiopía hicimos una parada en los Montes Dorze, un lugar donde la arquitectura, la tradición y la vida cotidiana se mezclan de una forma única. Aquí habita el pueblo Dorze, conocido por sus chozas gigantes en forma de elefante, una de las imágenes más curiosas y llamativas del país.

Las casas elefante
Las viviendas Dorze se construyen con bambú y hojas de ensete (el llamado “falso banano”), alcanzando hasta 12 metros de altura. Su peculiar forma recuerda a la cabeza de un elefante, con una entrada que parece la trompa. Lo más sorprendente es su durabilidad: pueden resistir décadas, aunque con el tiempo la base se va desgastando y la casa “desciende” poco a poco hasta llegar al suelo. Esto se debe a que la parte de la casa que toca el suelo, se pudre poco a poco debido a la humedad.


Otra curiosidad que vimos al entrar a una de las «Casas Elefante», es que existe un recinto en el medio de la vivienda en donde se guarda el ganado por la noche. Esto les sirve para dos cosas, por un lado, para proteger al ganado y por otro como calefacción natural durante el frio de la noche.
Nota: Dicen que, cuando la parte inferior de la choza ya está demasiado deteriorada, los Dorze simplemente cortan lo dañado y siguen usando la casa, reduciendo su altura poco a poco. Así, una vivienda puede llegar a durar más de 60 años.
Tradiciones y vida cotidiana
Los Dorze son también expertos tejedores, famosos por sus coloridos tejidos de algodón que todavía hoy se elaboran en telares manuales. Además, el ensete que utilizan para sus casas también es la base de su alimentación: con él preparan un pan fermentado de sabor fuerte y muy particular.

Las casas Dorze, con forma de elefante, son un ejemplo perfecto
de la convergencia entre arquitectura y naturaleza.
Nuestra experiencia
Caminar por el poblado y entrar en una de estas chozas fue como viajar en el tiempo. La amplitud interior contrasta con lo que parece desde fuera y nos sorprendió la frescura que ofrecen en contraste con el calor exterior. Aunque breve, la visita nos permitió asomarnos a un modo de vida que ha sabido adaptarse a su entorno con mucho ingenio. Además pudimos comprobar de primera mano, la gran hospitalidad de este pueblo, llegando a terminar bebiendo con un grupo una bebida alcohólica hecha por ellos y brindando al grito de IYO IYO IYO!

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